miércoles 22 de julio de 2026 17:39:44

ENTRE LA ILUSIÓN DE LA MACRO Y EL AHOGO EN LAS CALLES: EL AJUSTE QUE HUNDIÓ EL CONSUMO PARA MOSTRAR UN 1% DE INFLACIÓN

El Gobierno nacional celebra la proyección de una inflación menor al 1% para agosto y argumenta que los salarios empiezan a equilibrarse respecto de un punto de partida crítico. Sin embargo, analistas económicos advierten que la desinflación se sostiene únicamente por el freno del consumo, mientras las familias enfrentan la trampa de las deudas, alquileres impagables y el recorte en la salud de los jubilados.

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Desde la redacción del Multmedios Prisma.

Frente a los cuestionamientos por el deterioro del poder adquisitivo, la postura oficial manifestada por los voceros del Poder Ejecutivo sostiene que la economía «viene desde muy abajo» y que las actualizaciones salariales paulatinamente comienzan a equiparar la evolución de los precios.

Desde la óptica del Gobierno, el congelamiento de la emisión monetaria y el superávit fiscal evitaron una hiperinflación inminente y sentaron las bases para que el Índice de Precios al Consumidor (IPC) perforé el piso del 1% mensual en el mes de agosto.

No obstante, esta lectura entra en colisión directa con el análisis de economistas y consultoras privadas. Diversos analistas del sector coinciden en que la desaceleración del índice oficial no responde a una dinamización productiva o a un salto de eficiencia, sino a un «techo de cristal» impuesto por la propia recesión:

Los precios se frenan porque la demanda interna colapsó. Para la consultoría económica, la meta de perforar el 1% es más un objetivo de narrativa política para anclar expectativas financieras que un reflejo de bonanza en el mostrador.

La trampa de la micro:

       Alquileres, tarifas y el drama del                        endeudamiento

Mientras las estadísticas macroeconómicas muestran signos de ordenamiento fiscal, la economía cotidiana de los hogares atraviesa su momento más complejo. El peso de los gastos fijos e impostergables —con alquileres de ajuste trimestral y tarifas de energía, gas, agua y transporte que no detienen su marcha— absorbe la totalidad de los ingresos familiares, eliminando cualquier margen para el consumo de bienes básicos o de primera necesidad.

Esta desproporción entre ingresos y costos fijos empujó a amplios sectores de la clase media y trabajadora al sobreendeudamiento.

Miles de ciudadanos apelan diariamente a préstamos bancarios, plataformas de financiamiento digital (FinTech) o al pago mínimo de las tarjetas de crédito para cubrir la compra de alimentos o medicamentos.

Lejos de resolver la emergencia, las         facilidades y refinanciaciones           ofrecidas por las entidades

solo extienden la agonía financiera, empujando a un número creciente de deudores a los registros de morosidad del Banco Central y del Veraz, ante la mirada pasiva de un Congreso Nacional que mantiene cajoneados los proyectos de salvataje para la insolvencia familiar.

Jubilados y servicios castigados:              Descuentos seguros, atención                                     precaria

La profundización del ajuste golpea con particular dureza al sector pasivo. Pese a que las retenciones para obras sociales estatales y provinciales como PAMI o IOMA se descuentan puntualmente de los haberes mensuales de jubilados y pensionados, la contraprestación asistencial se encuentra recortada de forma severa.

La quita de cobertura en medicamentos esenciales, la proliferación de copagos obligatorios y el desfinanciamiento del sistema de salud pública obligan a la clase pasiva a elegir entre comer o mantener sus tratamientos médicos.

A este escenario se le suma la cautela        del capital internacional

recientes advertencias de calificadoras de riesgo global como Standard & Poor’s (S&P) remarcan que las inversiones productivas de largo plazo no llegarán al país de forma masiva únicamente por exhibir un número bajo de inflación, sino cuando existan certezas de seguridad jurídica, previsibilidad institucional y paz social.

            Un piso demasiado profundo
Evitar un escenario hiperinflacionario era una necesidad indiscutible para la estabilidad del país.

Sin embargo, cuando la medicina para contener los precios consiste en asfixiar el mercado interno, ahogar financieramente a las provincias, congelar los ingresos y arrastrar a las familias a un endeudamiento desesperado, el resultado estadístico pierde todo sentido para la vida real.

Un índice de inflación bajo que se consigue congelando la economía y sumergiendo al pueblo en el fondo de la escala distributiva no representa una victoria ni un proceso de recuperación; es la constatación de un ajuste implacable donde el costo de la estabilización lo siguen pagando siempre los mismos.