POLÍTICA: EL PERONISMO EN SU LABERINTO FEDERAL, «CUANDO LA ROSCA DE NOMBRES OLVIDA A SU ÙNICO HEREDERO
El proceso de canibalización y fragmentación que atraviesa el justicialismo excede los límites bonaerenses y se expande como un mal endémico por todo el territorio nacional. Extraviada entre ilusiones jurídicamente abstractas y el internismo de nombres propios que bloquean la renovación, la dirigencia sorda se divorcia de las urgencias de la clase media y el laburante.
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EDITORIAL: POR JORGE VICTORERO DIRECTOR MULTIMEDIOS PRISMA
El preocupante espectáculo de disputas internas y pases de facturas que por estas horas domina la escena política suele centralizarse de manera miope en la provincia de Buenos Aires por su peso electoral.
Sin embargo, el fenómeno de la atomización y la falta de una conducción clara es una realidad de carácter estrictamente federal.
A lo largo y ancho del país, las estructuras justicialistas regionales exhiben la misma parálisis y desconexión. Mientras las economías provinciales crujen, la caída del consumo se profundiza y el salario formal se licúa frente a una informalidad que avanza sin freno, la discusión de la dirigencia tradicional pasa por los márgenes de la chicana tuitera, el control del aparato partidario y el silenciamiento de los micrófonos en los recintos legislativos.
A este escenario de atomización federal se le suma un debate anclado en la irrealidad institucional respecto al futuro de Cristina Kirchner. Mientras sectores de la militancia alimentan la ilusión de candidaturas o consignas de liberación, la realidad técnica del poder judicial ha dejado el escenario claro: el máximo tribunal de la Nación ya se ha pronunciado y, como ratificó de forma contundente el juez de la Corte Ricardo Lorenzetti hace pocos días, la inhabilitación para ejercer cargos públicos es un hecho jurídicamente consumado.
Construir estrategia política sobre hipótesis abstractas solo demuestra el nivel de desorientación de una cúpula que prefiere refugiarse en nostalgias antes que diseñar un programa económico concreto que rescate a la clase media, aborde el colapso de la salud pública y dé respuestas eficaces a la inseguridad que azota a las provincias.
El verdadero drama de identidad radica en que el movimiento no puede quedar reducido a un inventario de apellidos recontraconocidos, barones territoriales o jóvenes dirigentes que consideran que sin sus figuras el partido no puede funcionar.
Ese personalismo actúa como un tapón excluyente que espanta a las nuevas generaciones y congela cualquier intento de renovación doctrinaria.
El peronismo, por historia y por definición, está muy por encima de las vanidades de sus funcionarios ocasionales. En tiempos donde el trabajador autónomo y el asalariado formal demandan certezas y soluciones tangibles, la dirigencia actual debería volver a las fuentes y recordar aquella máxima que el propio Juan Domingo Perón pronunció ante una plaza colmada: «Llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino… mi único heredero es el pueblo».
Hasta que la conducción no comprenda que la herencia le pertenece a la calle y no a los despachos, el laberinto de su propia fragmentación seguirá blindando la centralidad del oficialismo.