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EL KIRCHNERISMO SE RECUPERÓ DE VARIAS DERROTAS ELECTORALES, PERO HABRÁ QUE VER SI PUEDE EN SOLO 60 DÍAS. LA MILITANCIA Y SU DESMOTIVACIÓN

Después de una derrota de este tamaño combinado con la matriz del FdT, suena a poco probable que dichas condiciones de cumplan

Por Carlos Fara. Después del primer shock electoral viene la pregunta del millón: ¿podrá recuperarse el Frente de Todos? Vamos a dar algunas pistas a favor y en contra.

 El kirchnerismo suele mostrar una capacidad de reacción política importante en cualquier circunstancia. Ya se recuperó de varias derrotas electorales de medio término debido al liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner y a la mística que tiene en su ADN. El tema aquí es el tamaño del golpe y que tiene solo 60 días para revertirlo.

Seguramente todos aquellos que son jefes en sus distritos ajustarán las clavijas para mejorar la movilización de cara a noviembre, ya que ese fue uno de los factores claves: los votantes propios que se quedaron en la casa por falta de motivación.

 

Otro factor que le juega en contra al FdT es que habitualmente votará más gente en la general que en las PASO, y eso favorece más probablemente a Juntos, dado que es un voto más independiente y despolitizado. Solo para tomar como referencia la presidencial de 2019, la diferencia entre agosto y octubre se redujo a la mitad.

Cambios de gabinete pueden ser necesarios pero son muy complicados por la matriz del frente. Cada decisión debe ser vista a la luz de lo que piense Cristina, lo cual desdibuja más el perfil de Alberto Fernández. Además, si el Presidente desea seguir manteniendo el control sobre áreas clave, al hacer cambios abre la puerta para que se incremente la colonización cristinista, agravando la cuestión política que explica parte de la derrota del domingo.

Anunciar meedidas de fomento al consumo no está mal para cambiar el clima negativo hacia el Gobierno, pero tampoco son la panacea. La opinión pública cambia rápido de lo positivo hacia lo negativo, pero tarda más en hacerlo a la inversa. En ese sentido, 60 días es muy poco tiempo para que dichas iniciativas surtan efecto, lo cual no significa que no las deba hacer.

Cuando se produce una decepción, como en cualquier relación humana, volver a confiar en el otro es un proceso complejo y lento. Una pareja en crisis no se resuelve con un ramo de flores y una cena romántica. Tiene que haber una larga sumatoria de detalles para que aflojen las tensiones. En materia electoral pasa lo mismo.

Una de las tareas principales de una estrategia de comunicación de gobierno es administrar las expectativas. Los votantes no son tontos, no creen que las cosas cambian mágicamente de la noche a la mañana, pero sí necesitan ver un rumbo para tolerar atravesar el desierto. Una de las críticas sistemáticas a Alberto es que no se ve a dónde va (lo marcó muchas veces la oposición en esta campaña pasada). Por lo tanto, si no se ve rumbo, cualquier medida aislada -por buena que sea- puede sonar a manotazo de ahogado, lo cual hace peor el remedio que la enfermedad.

Del voto de confianza a una nueva ola amarilla: las cosas que pasaron

Muchas de estas observaciones ser remiten una y otra vez a las limitaciones que presenta la matriz de origen de la coalición oficialista. Dichas restricciones no tienen solución. Los problemas de relación y personalidad de Alberto y de Cristina no cambiarán en el cortísimo plazo. Por eso, cualquier modificación relevante será como hacer girar a un transatlántico 180 grados: tarda mucho tiempo y difícilmente pueda lograrlo antes de que lo agarre la próxima ola. Así de compleja es la situación.

No está muerto quien pelea y, al final, es mejor morir con las botas puestas que arriesgar fichas con soluciones que no convenzan a los actores, porque eso es “ni chicha, ni limonada”. La solución es política, más allá de las mejoras que se puedan hacer en términos comunicacionales. Las opciones son pocas y deben ser ejecutadas con mucha precisión. La imagen de derrota y sin reacción será lo peor de todo.