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ACUERDISMO LA PELOTA QUEDÓ DEL LADO DE LA OPOSICIÓN

Para Pichetto, su traductor al peronismo básico, lo importante es el acuerdo político y la cuestión del dólar. La importancia del peso político específico de cada uno de ellos. Negri hizo llorar a propios y extraños y desparramó palos.

Centralidades. Mauricio Macri masajeó con íntimos una respuesta al llamado de Cristina de Kirchner a algún diálogo que saque a la Argentina, o al menos a ella, del laberinto del país bimonetario, que viene a ser como el hecho maldito del país burgués, frase del Bebe Cooke – el primer heredero del Perón, y su delegado para pactar con Frondizi.

El primer llamado que recibió el expresidente el lunes fue de Miguel Pichetto con una indicación: lee lo que dice la carta de Cristina acuerdo, lo del dólar, y no te fijés en la hojarasca.

Esa mirada, que compartieron otros consultados por Macri tomaron más en serio que el gobierno las quejas de la vicepresidenta: 1) reconoce el fracaso del primer año de gobierno; 2) sabe que el FMI sin acuerdo político no va a ayudarlo a Alberto, como no lo hizo en 2019 a Macri ni en 2001 a Fernando de la Rúa.

Esto dio cuerpo a la cadena de tuits que maduró desde el lunes como respuesta a ella, a los propios y a todo el público, y que soltó el viernes, poniendo algunas condiciones de difícil cumplimiento para un acuerdo. Es difícil esperar que esos temperamentos esmerilados por la ira puedan siquiera saludarse.

Pero las personalidades dejan de ser pertinentes en política, porque los procesos son los que arman las situaciones, y no al revés, como cree una concepción antigua, romántica, de la política como la tarea del héroe. La prueba es que ese odio que se han cruzado Macri y Cristina no ha permeado hacia abajo.

Compitieron el año pasado en una elección rabiosa, en un clima regional de cataclismo institucional (Chile, Perú, Brasil, Ecuador, Bolivia). Y en la Argentina no hubo un solo incidente de orden público ni institucional. Se aceptó el resultado y buenas noches bariloche. La gente no sigue a los líderes en esos extremos y suele llevarlos a actuaciones inesperadas. ¿Quién podía pensar antes de 1997 en una alianza entre el radicalismo y el peronismo del Frente Grande? Lo explicaba Graciela Fernández Meijide sin retórica: la Alianza la pide la gente.

Esos acuerdos se hacen entre gente distinta, no entre primos. Macri representa un programa de un país abierto y dice que lo mejor es que los peronistas dejen de ser tan peronistas. Cristina es la abanderada del país cerrado, de economía autárquica y anti global. Los dos dicen no entender las razones del problema que ya debería haber resuelto. Entre los dos suman 16 años de gobierno. El punto más flojo del comunicado de Cristina es reconocer que no tiene ciencia para una solución: “La Argentina – afirma – es ese extraño lugar en donde mueren todas las teorías (…) El freno a la economía y la incertidumbre generalizada sobre que va a pasar con nuestra vida – se angustia – son agobiantes. No esta explicado en ningún libro ni hay teoría que lo resuelva. No hay soluciones. Es permanente ensayo y error”. Macri escucha con atención las explicaciones sobre la Argentina de Mario Vargas Llosa, que tampoco entiende mucho, aunque escribe más que bien.

Un pacto es sólo una parte de la solución. Imaginar que un acuerdo es la solución a los problemas del país es una fantasía. El acuerdo es sólo una parte, necesaria, pero no suficiente. Como son necesarios en ese acuerdo Cristina y Macri. Pero no suficientes, a menos que se crea en otra fantasía, que ellos son el problema del país.

El problema es la incertidumbre que nace de la debilidad del gobierno, cuyos personeros compiten entre sí con proyectos maximalistas, que oscurecen el panorama en lugar de aclararlo: cambios de las reglas, y el cóctel venenoso que intoxica a la Argentina, la mezcla regeneracionismo e intransigencia ante todos los problemas. Los dirigentes creen que cada gobierno tiene que destruir todo lo heredado y comenzar a construir de nuevo todo desde cero.

También es limitado creer que son los únicos jefes del oficialismo y la oposición. Como esperar que un acercamiento no produzca rupturas. En el peronismo puede ser menos cruento porque los fuerza la necesidad de la supervivencia. En Juntos por el Cambio produciría un estallido porque Macri es jefe del Pro, pero no del conjunto, donde conviven la UCR y la Coalición. La condición de esa amalgama es no discutir liderazgos. Y menos los objetivos, que no son los mismos en cada tribu.

Crisis de personería en oficialismo y oposición. Para quienes buscan inspiración en el pasado reciente: el encuentro Menem-Alfonsín de 1983 se basó sobre el hecho de que eran los jefes indiscutidos del peronismo y del radicalismo. El propósito de Menem era lograr la reelección. El de Alfonsín una reforma que tardó algunos años en demostrarse como una estrategia exitosa de recuperación del poder para su partido. En 1995, dos años después del Pacto de Olivos, el radicalismo salió tercero en las elecciones presidenciales – la peor de su historia hasta entonces. Cuando se hace un acuerdo, cada parte se compra el prestigio, o el desprestigio, del otro. Alfonsín pagó el costo del desprestigio de Menem entre los suyos.

Pero fue una inversión talentosa. En 1999 ganó el poder con De la Rúa, candidato del cual Alfonsín fue el único elector. Aquella reforma creó, además, las condiciones para que en 2015 volvieran a ganar en alianza con otras fuerzas. Fue gracias a dos instituciones que nacieron de aquel acuerdo: el ballotage y la autonomía de la CABA, que permitió la construcción de poder en el distrito federal. Menem a cambio, obtuvo otro mandato y logró desplazar al candidato que quería heredarlo en 1995 si no había reelección: el exitoso Domingo Cavallo, mago de la convertibilidad, pero gran víctima de la reforma constitucional.

Negociar qué y a cambio de qué. El país hoy es otro, los objetivos de los socios de cada coalición son diversos y conviven merced a no reconocer liderazgos, y dilatar el debate de sus diferencias. Un pacto en ese vértice que representan Cristina y Macri supondría que las dos coaliciones se identifican con los objetivos de los dos dirigentes, que no los representan. También deberían precisar qué quiere cada cual, a cambio de ceder poder, que eso es un acuerdo.

Macri no es un problema para Juntos por el Cambio, y más después de que adelantó que no será candidato. Pero es la oportunidad para blindar su silla en el arco de dirigentes de la oposición, en un momento cuando le baja el precio Carrió – “ya fue”, dice -, y también el trío Frigerio-Monzó-Massot.

Cristina sí es un problema para el peronismo. En particular para Alberto Fernández y Sergio Massa, hasta hace 18 meses sus adversarios principales dentro del peronismo. Tienen expedientes más directos, y sin necesidad de la oposición, para recolocarla en el escenario. Especialmente cuando ella viene, en su declaración del lunes, de desentenderse de la gestión de gobierno. En plan de especular, Juntos por el Cambio no respaldaría fácilmente un paso acuerdista de Macri, aunque sea el copropietario del 40% de los votos de diciembre pasado. A menos que ofreciese un botín tan jugoso como para desplazarla a Cristina del juego. Su público cree que ella es el problema y no aceptaría medias tintas.

Ella no estará dispuesta a ceder nada, a menos que le asegurasen una “ficha limpia” como dicen en Brasil. Eso debería precipitarlo, también con un alto costo político, Alberto Fernández con la lapicera que tiene, que puede despejarle el futuro. Esa diferencia de apreciación del rol de Cristina decide las acciones de los protagonistas. Empezando por ella misma, que está en el vano de una puerta y no se sabe si es para entrar o para irse. Si es para entrar, deberá tomar energía para nuevas peleas con los propios y la oposición. Si es para salir, oficialismo y oposición van a hacer cola para despedirla.

Audacias en las cuchillas entrerrianas. De esos diálogos salieron otras centralidades en semana de agitaciones. De esa charla salió el viaje de Pichetto a Entre Ríos a sumirse en la fase política de la pelea familiar de los Etchevehere. Llevó el mensaje de apoyo de Macri, de Juntos por Cambio, que detalló era el apoyo de Patricia Bullrich, Alfredo Cornejo y Elisa Carrió. Una personería que asumió con la misma audacia con la que Juan Grabois jugó como apoderado “parcial”, aclaró, de la rama dolorosa de la familia. Le rindió, dado el resultado del round judicial, que el jefe de la CTEP admitió como una derrota, aunque logró erigirse en contradictor de la oposición como si fuera gobierno.

Con olfato, la oposición se benefició de la demora en reaccionar del gobierno, que ahondó el divorcio del peronismo con el campo con más daño, políticamente, que la 125 en 2008. Aquella era una disputa por una tablita de impuestos. Esta se presenta como una amenaza a la propiedad, o lo parece – como dice Cristina en su carta “en política no solamente es lo que uno cree, sino lo que ve e interpreta el conjunto”. También ahonda las divisiones que paralizan a la cúpula gobernante. Cuando Grabois reta a Alberto y a Kicillof por ceder ante los “poderes fácticos”, repite casi a la letra los reproches de Cristina a Alberto por su frecuentación de empresarios y sindicalistas. De paso, las organizaciones populares, como la CTEP, son también poderes fácticos que defienden su interés.

Negri destituyente, lo hizo llorar a Massa. Esa segunda centralidad en la línea de mando de Juntos por el Cambio la remató con una tercera: Mario Negri con el discurso por los 37 años del triunfo de Alfonsín en la sesión del presupuesto. Lo aplaudieron de pie los diputados presentes, la mayoría de la oposición, es cierto, porque las estrellas del oficialismo sesionan por vía remota. Máximo Kirchner nunca apareció ni en el recinto ni en las pantallas. Tampoco Carlos Heller se molestó en sentarse en la banca, y dirigió la ponencia del presupuesto como titular de la comisión respectiva desde su oficina. Le debían esa rebeldía al protocolo que Cristina impone en el Senado, pero que desbarató en Diputados Sergio Massa. La profundidad y el contenido abarcador de la pieza de Negri conmovió por encima de las militancias, e incurrió en un extremo destituyente: lo hizo lagrimear a Massa, algo que parecía imposible. Lo había hecho en 2017 cuando Felipe Solá amenazó con dejar el Frente Renovador y ser candidato en la CABA del peronismo de Juan Manuel Olmos – hoy lunga manu del papa Francisco, con destino como jefe de asesores de Alberto. Los historiadores han puesto en duda la autenticidad de aquellas lágrimas. Esta vez se vio por televisión. Ese discurso de Negri, que conmueve hasta en este momento de recordarlo, siguió a dos horas de discursos de homenaje a Néstor Kirchner. Los aplastó en rating. Si Heller y Máximo hubieran estado presentes, también habrían llorado. El hijo vicepresidencial se disculpó en que “tengo kilombo en Guernica” y nunca apareció en el recinto para defender el presupuesto, que es el plan del gobierno según Guzmán. Prefirió asumir sus tareas policiales en el distrito en que ejerce padrinazgo. Sabe lo que puede costar una víctima en una carrera política y se mira en el espejo de Duhalde o Jorge Sobisch. Sus carreras políticas se frustraron por incidentes como los de Guernica. Tampoco fuera que enojase a su madre por aceptar presencia lidades en un Congreso que ella quiere a control remoto. En una pantalla de contrafrente, Oscar Parrilli lagrimeó a su vez al recordarlo a Néstor Kirchner, aunque con menos efecto en su platea, y eso que son mayoría en el Senado. No hace llorar quien quiere, sino quien puede.

Entrelíneas para acallar al oficialismo

Para retener, las entrelíneas que usó Negri para enmudecer al oficialismo. Exaltó la CONADEP de 1983 para recordar, sin mencionarla, la negativa del peronismo a integrar la comisión que investigó delitos aberrantes. También la insistencia en la palabra “amnistía”, para evocar la afirmación de Ítalo Lúder, candidato del PJ en las elecciones de aquel año, de que avalaría en caso de triunfar, la que había dictado el general Bignone. Más cerca del presente, criticó el soberanismo del presidente de Turquía, Recep Erdo?an, modelo del neopopulismo que pone la soberanía popular por encima de las instituciones republicanas. Una alusión directa al lenguaje que emplea el oficialismo en el trato que le da a la oposición. Comenzando por el encierro de los adversarios del gobierno en el corralito de la virtualidad. O en la queja de que la oposición quiere imponer su agenda al oficialismo, cuando ese debate es normal en cualquier democracia. El lenguaje del populismo “de izquierda” – como intenta construir la teórica del neo autoritarismo Chantal Mouffe – es el que usó Santiago Cafiero cuando dijo que el público de los banderazos no es la “gente” ni es el “pueblo”, sino la oligarquía. Con el método propuesto por el finado Ernesto Laclau, de que la praxis política es trazar la frontera del debate, de un lado tenemos al pueblo, que no es el del banderazo, y del otro el establishment. Lecturas calenturientas de la literatura que va, como la luna, rodando por Callao, calle que da nombre al grupo político que sustenta al albertismo, porque allí tiene su estudio el presidente. También fue el lenguaje que empleó Cristina de Kirchner en la sesión que rechazó el pedido de Martín Lousteau y Lucila Crexell, de retirar sus proyectos de reforma del plazo de mandato del Procurador de la Nación. Se enredó en un debate de aficionados, sobre si había que votar de forma nominal o a mano alzada. Insistió en este método con un destrato a la minoría: “El bloque del oficialismo tiene más que mayoría absoluta y expresó su voluntad y ustedes expresaron la suya”. Igual debió hacer el voto nominal en un trámite confuso, porque nadie sabía si debía decir afirmativo o negativo, positivo o no negativo – como bromeó Dalmacio Mera – o todo lo contrario (hay video de antología sobre este blooper legislativo).

Vaca Muerta, de nuevo al Matadero

Otros que deberán dar explicaciones son Massa y su seudópodo legislativo, el mendocino José Luis Ramón – que maneja un bloque que responde al presidente de la cámara, y que juega como bisagra para dar quorum o asegurar mayorías (y minorías cuando haga falta). Este diputado mocionó por la eliminación del presupuesto del artículo que le daba a los productores y distribuidores de gas una suma cercana a los $29 mil millones, que se había comprometido a reconocerles Macri por diferencias en precios, de manera de asegurar una tarifa baja. Esa compensación había sido ordenada en el decreto 1053 del anterior presidente, y ya fue derogado por el Senado con el nuevo gobierno. Este presupuesto le da sepultura definitiva, al derogarlo también en Diputados en el art. 91° del proyecto, pero en artículo siguiente autorizaba a pagarles, a cambio de que no hagan juicio, la suma de “$ 29.514.296.318, a los fines de cancelar las obligaciones pendientes”. Ramón pidió la eliminación de ese pago, con el argumento de que “espero que hoy el Frente de Todos tenga conducta y sostenga su idea de una concepción humanista”. Massa le consultó a Heller, ponente del proyecto, que respondió: “Señor presidente: se acepta la eliminación del texto completo del artículo 92”. Entre los tres (Ramón, Heller y Massa) remataron el plan del gobierno para darle oxígeno al proyecto de Vaca Muerta. Allí estuvo hace pocos días Alberto Fernández para lanzar el llamado plan “Gas4”, que contenía el compromiso del pago. Un cañonazo a los gobernadores de Neuquén y de Mendoza, provincia de Ramón, y a las empresas petroleras que quisieron, al asumir este gobierno, que el grupo Massa se hiciera cargo de YPF. Sólo lo puede remediar el Senado o un veto presidencial. El sueño del pibe, que es una constante de este gobierno: sancionar leyes que dependen, en su aplicación, de la gratuidad del poder Ejecutivo que las reglamenta. Ocurrió con las leyes de protección de víctimas de la fibrosis quística, objetada por el propio ministro de Salud, pero aprobada por orden de Cristina y Alberto. El mismo destino tienen las de Economía del Conocimiento, Teletrabajo y ahora esta, de la cual depende la quimera de Vaca Muerta, que es como la cigarra, tantas veces la mataron… Por Igancio Zuleta, para Clarín. Fte. Identidad Correntina