viernes 3 de abril de 2026 01:22:46

ECONOMÍA «EL MODELO CAPUTO»: PLANILLAS QUE BRILLAN, BOLSILLOS QUE SANGRAN

Entre frases agresivas y dogmatismo económico, el Ministro Luis Caputo desafía a sus pares y al mercado. Sin embargo, detrás del superávit fiscal y el dólar planchado, asoma la realidad de una Argentina que no llega a fin de mes: un esquema que le sonríe al FMI pero deja a la sociedad a la intemperie.

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La reciente advertencia de Luis Caputo, asegurando que «sacaría a patadas» a los economistas que piden devaluar, no es solo un exabrupto retórico; es el síntoma de un Gobierno que se siente acorralado por la realidad. Mientras figuras de peso como Domingo Cavallo, Carlos Melconian y Ricardo López Murphy —muchos de ellos cimientos del pensamiento liberal que Milei dice defender— advierten sobre un atraso cambiario peligroso, el Palacio de Hacienda se encierra en una ortodoxia de hierro.

El divorcio entre la City y la Calle
Para Caputo y el FMI, el proceso es un éxito: las reservas suben y la brecha cambiaria se acorta. Pero esa es solo la mitad de la foto. La otra mitad es la que viven los 2 millones de argentinos atrapados en el desempleo y la informalidad, y esa clase media que en este abril de 2026 enfrenta aumentos de tarifas de tres dígitos en gas, agua y prepagas.

La trampa del dólar fijo: Con una inflación que en marzo aceleró al 3,3% impulsada por los combustibles, mantener el dólar al 2% mensual ha convertido a la Argentina en un país carísimo en dólares. Hoy, llenar el changuito en un supermercado de la costa atlántica cuesta más que en Madrid o Miami, pero con sueldos de subsistencia.
La deuda como única salida
La «sorpresa» que el Gobierno no quiere ver es el nivel de endeudamiento familiar. Como venimos denunciando en PRISMA, el vecino no es pobre para el INDEC porque aún tiene cupo en la tarjeta o accede a un préstamo de una Fintech para pagar las expensas ordinarias. Pero esa es una bomba de tiempo financiera. Mientras legisladores como Bertie Benegas Lynch mantienen bloqueado el alivio para los deudores, y funcionarios como Manuel Adorni se refugian en el silencio ante 5.000 preguntas sobre su propio patrimonio, el ciudadano común siente que el «sacrificio» no es parejo.

Conclusión: La razón de la gente
Caputo puede tener razón en sus planillas de Excel, y los economistas críticos pueden tener razón en sus proyecciones técnicas. Pero hay una tercera razón, la más potente y peligrosa para la gobernabilidad: la razón del que no llega. Cuando el pueblo comienza a clamar, como lo hace hoy ante cada tarifazo de abril, no hay «patada» dialéctica que alcance para callar el hambre o la incertidumbre. Un modelo económico que cierra con «la gente afuera» no es un éxito; es un experimento social de alto riesgo que está agotando la paciencia de quienes, día tras día, luchan por no caer definitivamente al abismo.