lunes 2 de noviembre de 2026 15:05:31

EDITORIAL: NADIE ES DUEÑO DEL MOVIMIENTO: LA UNIDAD SE CONSTRUYE CON VOTOS Y DEMOCRACIA INTERNA

Entre vetos de aparato, silenciadas ambiciones y la vieja tentación del dedazo, el peronismo atraviesa una encrucijada histórica. La verdadera unidad no nace del dogma ni de la tutela en despachos cerrados, sino del mandato soberano de sus bases en las urnas.

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POR JORGE VICTORERO DIRECTOR MULTIMEDIOS PRISMA

Por estos días, los pasillos y despachos de la dirigencia opositora se llenan de una palabra repetida como un mantra litúrgico: unidad. Se invoca a coro, se exige disciplina y se advierte sobre los peligros de la fragmentación. Sin embargo, detrás de esa proclama superficial se esconde una profunda contradicción estructural que paraliza al espacio: el empeño de un sector por comportarse como el dueño absoluto de un movimiento popular que históricamente se nutrió de la voluntad de las masas.

La pretensión de tutelar liderazgos, vetar aspiraciones legítimas —como las que hoy encarna con despliegue territorial el gobernador Axel Kicillof— y definir candidaturas a espaldas de la militancia no es más que la reedición de una vieja patología corporativa. Quienes se aferran al sello pretendiendo repartir bendiciones desde la comodidad de estructuras cerradas olvidan una verdad tan elemental como fundacional. Como bien inmortalizó el General Perón al señalar que «mi único heredero es el pueblo», los liderazgos legítimos no se heredan por decreto ni se asignan por capricho de cúpula; se conquistan de cara a la sociedad.

La historia del movimiento justicialista demuestra que cada vez que se le temió al debate democrático y a la confrontación de ideas mediante elecciones internas transparentes, el resultado fue la desconexión con el electorado y la derrota política. Las grandes gestas de renovación no nacieron del consenso de cuatro paredes, sino del voto libre de los afiliados y ciudadanos que exigieron conducción.

Pretender retener una porción del aparato a costa de asfixiar la oxigenación política solo conduce a la irrelevancia electoral y al facilismo de discutir cuotas menores de poder interno en lugar de construir una alternativa de mayoría nacional.

Hablar de unidad exigiendo obediencia ciega es un oxímoron. Si la dirigencia opositora realmente aspira a representar las angustias, las necesidades y las expectativas de una sociedad golpeada por el ajuste económico, deberá asumir el costo de la osadía democrática.

Ningún sector es dueño del partido; el partido es del pueblo que lo habita y lo sostiene.

Es hora de barajar y dar de nuevo. La única unidad real, genuina y competitiva es la que surge de una gran interna abierta, sana y federal, donde sea la ciudadanía la que ordene el liderazgo del futuro. Todo lo demás es, simplemente, administración de derrotas ajenas. Imágen producida con IA