EDITORIAL: EL DOGMA MACROECONÓMICO CONTRA LA REALIDAD DEL BOLSILLO, «CUANDO LA FICCIÓN OFICIAL IGNORA EL AVISO DE LA CALLE»
Aferrado a un superávit fiscal ejecutado sobre el ahogo del consumo y salarios paupérrimos, el Presidente insiste en atribuir el riesgo país al «fantasma opositor» desde sus frecuentes giras internacionales.
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Por Jorge Victorero Director Multimedios Prisma
La advertencia de economistas liberales y el llamado de atención interno de Patricia Bullrich exponen la peligrosa distancia entre la narrativa libertaria y el endeudamiento de las familias argentinas.
Existe una máxima irrefutable en la ciencia política y en la historia económica global: ningún programa de gobierno, por más virtuoso que se autoasuma en los papeles, resulta sostenible si la economía de bolsillo no funciona.
Cuando el consumo se desploma, los ingresos reales se arrastran por el suelo y los hogares deben recurrir al endeudamiento para cubrir la canasta básica o las tarifas de servicios, las planillas de cálculo de la macroeconomía pierden todo sentido para el ciudadano de a pie.
Sin embargo, el presidente Javier Milei parece haber elegido el camino del atrincheramiento dogmático. Convencido de ser el único depositario de una verdad económica absoluta, el jefe de Estado festeja el equilibrio fiscal como un fin en sí mismo, ignorando que un superávit construido sobre la parálisis de la actividad doméstica y el empobrecimiento generalizado es una ilusión de cortísimo alcance.
El espejismo del riesgo país y la falacia del empleo informático
En sus recurrentes presentaciones internacionales —como la reciente escala en Madrid—, el Presidente apela a una retórica maniquea, atribuyendo la disparada del riesgo país por encima de los 700 puntos a la amenaza de los «orcos» y al «miedo al retorno del socialismo».
Esta narrativa tropieza de frente con la realidad técnica señalada por prestigiosos economistas de matriz liberal como Roberto Kachanoski:
si la economía estuviese verdaderamente en expansión, con inversiones genuinas ingresando al país y una inflación en caída estructural, no habría riesgo político capaz de espantar a los mercados. Wall Street no duda por miedo a la oposición, sino por la falta de reservas netas y las dudas sobre el flujo de fondos reales para afrontar los compromisos de deuda.
De igual modo, la celebración oficial respecto a la estabilidad en las cifras de desocupación esconde una trampa estadística perversa.
Festejar el crecimiento del trabajo informal o del cuentapropismo precario equivale a convalidar la degradación social. Como confirman los propios datos del INDEC, un trabajador informal percibe en promedio la mitad del ingreso de un asalariado registrado. Reemplazar empleo formal por changas y billeteras virtuales no es dinamismo económico; es precarización y pérdida directa de calidad de vida.
Negociación política o la valija en la puerta
Esta desconexión con la realidad microeconómica ha comenzado a encender alarmas dentro de la propia tropa oficial. La senadora nacional y jefa del bloque de La Libertad Avanza en la Cámara Alta, Patricia Bullrich, lo expresó con inusual nitidez al reclamar públicamente un «acuerdo político amplio y una economía más holgada para la gente».
El mensaje hacia la Casa Rosada es inequívoco: no hay gobernabilidad posible sin diálogo parlamentario ni respaldo social tangible.
En paralelo, la sociedad observa con creciente perplejidad una agenda de viajes presidenciales que parece más enfocada en posicionar al mandatario como un jefe de campaña o referente de la derecha global que en gestionar las urgencias de la Argentina profunda.
Esas giras no han derivado en la prometida «lluvia de inversiones» o divisas de libre disponibilidad, sino en un desgaste diplomático y una imagen de lejanía respecto a los padecimientos locales.
Análisis serio y responsable de Prisma
El Gobierno nacional se encuentra en una encrucijada determinante. Preservar la disciplina fiscal es un requisito necesario para ordenar la macroeconomía, pero elevar ese principio a la categoría de dogma intocable a costa del hambre, el endeudamiento familiar y la quiebra del tejido PyME constituye un grave error de diagnóstico.
La historia argentina es pródiga en administraciones que, enceguecidas por el aplauso externo o la rigidez teórica, festejaron números contables mientras la calle se vaciaba de consumo y se llenaba de desesperanza; todas ellas terminaron apresurando su salida del poder.
Para evitar que el desgaste microeconómico se transforme en una crisis de gobernabilidad irreversible, el Ejecutivo debe abandonar la ficción de los «enemigos imaginarios» y escuchar las advertencias que surgen tanto de la oposición como de sus propios aliados institucionales.
Abrir canales de negociación con las provincias, recomponer el poder adquisitivo de los salarios y devolverle oxígeno al consumo interno no es concesión ideológica, sino una obligación de estricta supervivencia política y responsabilidad social.
