domingo 2 de agosto de 2026 00:03:27

LA PARÁLISIS DEL PERONISMO, EL AHOGO DE LA CLASE MEDIA Y LA TRAMPA DE LA «LAPICERA»

Mientras la economía nacional atraviesa un proceso de marcado estancamiento, con un ajuste severo que recae directamente sobre las espaldas de la clase media, el tablero político ofrece un espectáculo de parálisis.

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Editorial: Por Jorge Victorero,Director Multimedios Prisma

 Si bien el Gobierno nacional ostenta la desaceleración de la inflación como una bandera indispensable —un ordenamiento macroeconómico que, en rigor de verdad, resulta una exigencia básica si se compara con el 1% o 2% anual que manejan nuestros países vecinos—, el impacto recesivo en el bolsillo social genera un desgaste innegable.

Hoy, millones de familias argentinas no solo padecen la pérdida del poder adquisitivo, sino un ahogo silencioso pero feroz:

El endeudamiento cotidiano con bancos y plataformas Fintech para financiar alimentos, medicamentos y servicios básicos. Se trata de una realidad dramática que la administración actual parece ignorar desde su dogma fiscalista, pero que golpea el corazón del consumo popular.

Ante este escenario de asfixia social, que requeriría una alternativa sólida y unificada, el peronismo parece atrapado en una trampa de su propia producción:

            la disputa desmedida por la conducción y la incapacidad de renovar sus métodos.

Los recientes intentos fallidos de escenificar «fotos de unidad» entre Axel Kicillof y Máximo Kirchner no hacen más que sacar a la luz una interna encarnizada. No se trata de una mera diferencia de matices; es la colisión de dos lógicas de poder.

Por un lado, la conducción de La Cámpora y el núcleo duro del espacio, que concentran un nivel de rechazo social significativo en amplios sectores independientes, siguen operando bajo la premisa de la decisión de cúpula.

      El peronismo se encuentra ante                    una encrucijada histórica.

Por el otro, la gestión bonaerense busca edificar un perfil propio, pero se encuentra maniatada por la arquitectura política que la vio nacer.

En este terreno, las recientes movidas internacionales y declaraciones de Cristina Fernández de Kirchner no deben leerse como un repliegue, sino como una calculada maniobra de centralidad.

Sabiendo que retiene un piso electoral determinante en el Conurbano —ese capital sin el cual ningún intendente bonaerense se arriesga a competir—, la ex mandataria envía un mensaje directo al Gobernador: la conducción y la «lapicera» del armado de listas no se entregan.

Para Cristina, la victoria del espacio no es únicamente un objetivo ideológico; representa la única vía institucional real para resolver su encrucijada judicial y la inhabilitación para ejercer cargos públicos.

El poder real sabe que solo desde el control del Estado se abren las garantías de alivio o resolución para su situación personal.

Paralelamente, opera en las sombras otra fuerza gravitante que la cúpula K no puede ignorar.

Dirigentes de vasta trayectoria legislativa como Miguel Ángel Pichetto o Emilio Monzó, entre otros, han comprendido los límites de sus estructuras para disputar una candidatura presidencial por sí solos.

Sin embargo, su verdadera potencia reside en la rosca y el equilibrio parlamentario. Desde las bancas del Congreso, este peronismo institucional y dialoguista maneja la llave de la gobernabilidad, define votaciones decisivas y ofrece un canal de negociación alternativo que seduce a gobernadores e intendentes hartos del verticalismo de cúpula.

Mientras la economía nacional atraviesa un proceso de marcado estancamiento, con un ajuste severo que recae directamente sobre las espaldas de la clase media, el tablero político ofrece un espectáculo de parálisis.

Si logra ordenar su interna, romper la parálisis de cúpula y articular una propuesta pragmática que dé respuesta al endeudamiento de la clase media, tiene la oportunidad real de capitalizar el descontento y volver al poder, incluso con votantes que acompañen «tapándose la nariz».

Pero si insiste en obturar el debate interno, en invisibilizar el peso de las provincias y en supeditar el futuro a los vetos cruzados de cúpula, estará reglando el electorado moderado y sepultando su propia capacidad de representación.