EDITORIAL: LOS DUEÑOS DE LA LAPICERA Y EL BUMERANG DE LA REALIDAD
Existe un error de diagnóstico flagrante en las cúpulas de la política argentina: la creencia generalizada de que los dirigentes son los propietarios absolutos de los partidos políticos.
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Por Jorge Victorero Direcrtor Multimedios Prisma
Se comportan como dueños de estructuras que, en realidad, pertenecen a la ciudadanía que las sostiene con su voto y sus esperanzas.
Ocupan cargos, gozan de privilegios y disfrutan de un bienestar económico que contrasta de manera obscena con la realidad de aquellos a quienes dicen representar. Esta disociación profunda ha quebrado el lazo representativo en el país.
El peronismo ofrece hoy el reflejo más nítido de esta descomposición endogámica.
El panorama en la Provincia de Buenos Aires se ha convertido en un escenario lamentable, un verdadero «juego de tronos» criollo donde Cristina Fernández de Kirchner y su hijo Máximo batallan ferozmente por las cuotas de poder y el control de la lapicera contra el gobernador Axel Kicillof y su entorno.
Mientras tanto, los intendentes bonaerenses quedan atrapados en una encrucijada incómoda.
Si bien la mayoría territorial llegó a sus posiciones bajo el paraguas electoral de la expresidenta, la gestión cotidiana ante una provincia asfixiada les exige respuestas urgentes que las internas no proveen.
Deben recordar que, más allá de los impedimentos legales que condicionen a las figuras de la cúpula, el peso político radica en el arrastre popular, un capital que a menudo se confunde con propiedad privada.
El voto del hartazgo y el efecto bumerang
Esta persistente ceguera de la dirigencia tradicional fue el caldo de cultivo que permitió la irrupción de Javier Milei.
Su llegada a la presidencia no fue un hecho fortuito, sino el grito de cansancio de una sociedad agotada de lo que estaba sucediendo.
Sin embargo, la crudeza del presente está transformando rápidamente aquel impulso en un efecto bumerang.
Sectores de la población que le otorgaron su confianza hoy experimentan el desencanto inmediato ante una economía que ahoga. El deseo de regresar a un estado previo de relativa estabilidad comienza a imponerse por una razón biológica y de subsistencia: la gente no come de promesas abstractas.
La pirámide del impacto socioeconómico en esta etapa muestra una asimetría brutal. En la base, aquellos que históricamente han padecido la marginación y se encuentran muy abajo sufren la crisis de forma estructural, amortiguados a veces por redes de asistencia básica.
En la cúspide, los sectores más concentrados —para quienes parece estar estructurado el actual programa económico— no sufren las consecuencias de los aumentos tarifarios ni de la inflación de costos.
La verdadera tragedia se ensaña con la clase intermedia.
El motor productivo que trabaja sin descanso para sostener tanto las cargas del Estado como el tejido social superior e inferior. Hoy, esa clase media vive muy mal, asfixiada por el cierre de pymes y la parálisis de grandes fábricas.
Los problemas reales de los argentinos son pocos, claros y urgentes: economía, salud, educación y justicia. No admiten plazos de veinte años para estar mejor.
La urgencia del presente
Mientras las distintas vertientes del peronismo se dan el lujo de no encontrarse en las ideas que sirvan al país, atrapados en riñas personales y mezquindades de cartelera, la realidad exige respuestas para el presente.
La sociedad no puede esperar dos décadas bajo la promesa de un bienestar futuro si sus jubilados hoy sufren carencias extremas. La exigencia social no es estar «bien», sino estar «muy bien», con la dignidad que corresponde a una vida de aportes y esfuerzo.
Asimismo, la desatención a la infancia compromete el mañana; los niños son el futuro que quizás muchos de nosotros no lleguemos a ver, y su vulnerabilidad actual constituye un fracaso ético que la política prefiere ignorar.
La solución de las asignaciones pendientes de la Argentina requiere abandonar la soberbia dirigencial.
El peronismo, Pichetto, Monzó, Kicillof o el kirchnerismo deben entender que el movimiento popular pertenece a la gente común que intenta subsistir y planificar su vida en paz.