EDITORIAL: LA ARGENTINA DE LAS DOS PANTALLAS: EUFORIA FINANCIERA Y ASFIXIA EN EL ASFALTO
Asistimos en la Argentina actual a un divorcio absoluto y flagrante entre dos realidades que conviven bajo el mismo territorio, pero que parecen mirarse desde planetas diferentes.
Periodismo que analiza el poder real. Apoyá nuestra labor. Alias: MULTIMEDIOS.PRISMA
Por Jorge Victorero Director de Multimedios PRISMA
Es la teoría de las dos pantallas: en una, la que observa el Gobierno central y celebran los mercados, los números cierran con la frialdad y el optimismo de una planilla de Excel; en la otra, la que transita el ciudadano de a pie, la subsistencia diaria se ha transformado en un laberinto de deudas y privaciones.
El plano macroeconómico le ha sonreído al oficialismo de manera inesperada en las últimas horas gracias al tablero internacional. El histórico acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán, que determinó la reapertura inmediata del estratégico estrecho de Ormuz, comenzó a empujar a la baja el precio internacional del petróleo. Para la administración central, este «viento de cola» opera como un bálsamo: le quita presión al dólar, desinfla el Riesgo País y desarma el argumento de las petroleras locales para continuar con el hachazo sistemático en los surtidores de combustibles. Con el campo liquidando divisas al Banco Central y algunas consultoras vaticinando que la próxima medición del INDEC para el mes de junio podría perforar la barrera del 2%, en los despachos de la Casa Rosada se respira una euforia casi mística. Para el relato oficial, el rumbo es el correcto y el «déficit cero» justifica cualquier intemperie.
Sin embargo, basta con apagar la pantalla financiera y salir a la calle para constatar que el «éxito» del modelo se sostiene sobre un tejido social profundamente dañado. El laburante no está equivocado cuando las encuestas reflejan un rechazo a la gestión económica que ya roza el 57% o el 61% según el sector. Su realidad no se mide en puntos de Riesgo País, sino en el mostrador del supermercado. Con salarios virtualmente congelados o corriendo muy por detrás de la inflación acumulada, el fenómeno del endeudamiento familiar ha mutado de naturaleza: hoy las tarjetas de crédito, los préstamos bancarios —inaccesibles y selectivos debido a que las entidades prefieren financiar al propio Estado— y las plataformas Fintech no se utilizan para el consumo de confort, sino para pagar las tarifas públicas o financiar la comida en cuotas. Es una bicicleta de subsistencia que tiene patas cortas.
Esta asfixia económica se agudiza por la pinza fiscal que el Gobierno nacional ejerce sobre las provincias. El caso de la Provincia de Buenos Aires es paradigmático: con las transferencias no coparticipables totalmente clausuradas bajo el dogma del ajuste centralista, el gobierno provincial optó por el congelamiento salarial de los trabajadores del Estado. Docentes, médicos, judiciales, penitenciarios y policías arrastran sus haberes fijos desde el mes de abril, atrapados en una guerra de culpas cruzadas donde el argumento de que «Nación nos debe» no alcanza para llenar la olla. Las provincias, en definitiva, terminan ejecutando el mismo ajuste por licuación, transformando al empleado público en el rehén de una disputa política abstracta.
Frente a este escenario de fragilidad social, la pregunta obligada es: ¿cómo logra el Gobierno sostener el rumbo sin que el tablero político vuele por los aires? La respuesta no radica en sus virtudes de gestión, sino en la fenomenal atomización de sus opositores. El oficialismo juega con la ventaja de la dispersión ajena. El círculo de hierro presidencial —jaqueado internamente por tensiones entre Karina Milei, Santiago Caputo y los Menem, y salpicado por la erosión ética que provoca la permanencia de Manuel Adorni a pesar de sus cuestionamientos judiciales— resiste porque del otro lado del mostrador no hay una alternativa unificada.
La desconfianza que el propio núcleo libertario deposita sobre los movimientos autónomos de Patricia Bullrich o las advertencias de Mauricio Macri respecto a no sostener funcionarios sospechados de corrupción, palidecen frente al naufragio estratégico del peronismo. Con Cristina Fernández cumpliendo prisión domiciliaria y la cúpula de La Cámpora refugiada en su piso electoral histórico, el diálogo con Axel Kicillof está virtualmente roto. El gobernador bonaerense intenta una trabajosa construcción nacional recorriendo el país, pero los límites de su propia caja provincial le restan potencia. En paralelo, armados alternativos de corte peronista federal, como el que ensayan Miguel Ángel Pichetto y Guillermo Moreno, amenazan con lotear aún más la oferta electoral. En un país sociológicamente inclinado hacia el centro, la izquierda asoma su cabeza en la protesta pero conserva su techo estructural. Si el peronismo y el panperonismo no logran unificarse bajo una propuesta programática seria, sus chances de disputar el poder son nulas.
En conclusión, el mercado festeja el futuro y el laburante padece el presente. La paz en el estrecho de Ormuz y la pax cambiaria le dan tiempo al Gobierno, pero el almanaque diario de las familias argentinas no se rige por los tiempos de las planillas oficiales. La fragmentación política es hoy el verdadero garante del ajuste económico. Resta saber hasta cuándo la baja de la inflación será un argumento suficiente para convencer a una sociedad que ya no tiene márgenes en la tarjeta para financiar el mañana.