POLÍTICA: FRACTURA EXPUESTA EN EL PODER EL PRESIDENTE MILEI NO INVITÓ A VILLARRUEL SU VICEPRESIDENTE AL TEDEUM
Lo que durante meses se intentó disfrazar bajo el rótulo de «diferencias de criterio» o matices propios de una coalición de gobierno, ha terminado por desnudarse ante la opinión pública como una ruptura institucional de gravedad inusitada.
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La decisión de la Casa Rosada de excluir deliberadamente a la Vicepresidenta de la Nación, Victoria Villarruel, del tradicional Tedeum del 25 de Mayo no es un simple desplante protocolar; es la confirmación explícita de que el internismo feroz ha fagocitado las formas más elementales de la República.
El Tedeum en la Catedral Metropolitana no pertenece al patrimonio de un partido político ni representa una reunión de gabinete sujeta a las simpatías del «triángulo de hierro» presidencial. Se trata de una de las ceremonias patrias más antiguas y solemnes de nuestra historia, un espacio donde la investidura de las máximas autoridades del Estado debe confluir por encima de cualquier coyuntura. Dejar afuera a la presidenta del Senado de la Nación es un acto de hostilidad que lesiona la liturgia institucional en una fecha donde, paradójicamente, se debería celebrar la identidad y la unión nacional.
Dos agendas en colisión
Detrás de este portazo protocolar subyace una realidad inocultable: la convivencia de dos proyectos políticos con lógicas y terminales diametralmente opuestas.
Por un lado, el presidente Javier Milei, consustanciado con una batalla cultural global, una ortodoxia económica de manual y un alineamiento internacional personalísimo.
Por el otro, Victoria Villarruel, tejedora de una agenda de corte nacionalista conservador tradicional, estrechamente vinculada a las Fuerzas Armadas y con un perfil de construcción política clásica dentro del propio Congreso.
Para el entorno más cerrado de Balcarce 50, la autonomía con la que la Vicepresidenta ha manejado la Cámara Alta —respetando los tiempos legislativos y los canales de negociación con la oposición dialoguista— es leída en clave de deslealtad. En la lógica del «todo o nada», el pragmatismo y el respeto a la división de poderes suelen ser interpretados como debilidad o, peor aún, como conspiración.
El peligro del péndulo histórico
La política argentina parece atrapada en una preocupante repetición de sus peores vicios históricos.
Las fórmulas presidenciales recientes han demostrado una alarmante incapacidad para dirimir sus diferencias puertas adentro, trasladando las tensiones del palacio directamente al tablero institucional.
El hiperpresidencialismo local suele cercar al mandatario de entornos herméticos que ven en la figura del sucesor constitucional a un enemigo en las sombras, en lugar de a un aliado estratégico.
Exponer esta fractura total en medio de un contexto socioeconómico extremadamente frágil —donde la clase media y los sectores más vulnerables sostienen con un esfuerzo descomunal un ajuste severo, y donde el oficialismo cuenta con una minoría parlamentaria que lo obliga a negociar cada ley— es, cuanto menos, una irresponsabilidad política.
El Senado es el ámbito donde se define la suerte de las reformas que el propio Ejecutivo impulsa.
Dinamitar los puentes con quien conduce ese cuerpo legislativo solo por cuestiones de celos políticos o disputas de cartel, parece un precio demasiado alto que terminará pagando la gobernabilidad del país.
La historia y las provincias observan con preocupación cómo, una vez más, las internas de las cúpulas se imponen por sobre las necesidades urgentes de una Argentina que no tiene margen para más divisiones.