domingo 1 de marzo de 2026 13:31:22

POLÍTICA EDITORIAL: EL CEMENTERIO DE PYMES Y LA FÁBULA DEL «EMPRESARIO MALO»

Mientras el Gobierno habla de «empresarios delincuentes», la realidad muestra un cementerio de persianas bajas. La caída del consumo y la apertura de importaciones están asfixiando a quienes producen.

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Por Jorge Victorero.El periodismo tiene una función sagrada: contrastar el adjetivo con el dato. Mientras el presidente Javier Milei insiste en personalizar la economía —tildando de «delincuentes» o «prebendarios» a quienes reclaman por la caída de la actividad—, la realidad arroja un número que no entiende de insultos: 22.000 empresas bajaron la persiana en los últimos dos años.

La Tormenta Perfecta No hace falta ser economista para entender la pinza que está apretando a la producción argentina. Por un lado, el consumo masivo se hunde (un 7% solo en enero, según los últimos datos); por el otro, se abren las fronteras para que productos importados compitan con una industria local que paga tarifas de energía dolarizadas y una presión impositiva que no cede.

¿Es falta de competitividad o falta de oxígeno? El relato oficial intenta convencernos de que si una pyme cierra es porque «no supo competir». Es una lógica de supervivencia del más fuerte en una pecera donde a unos les dan alimento y a otros les cortan el aire. Para Milei, el cierre de una fábrica no es una tragedia social, es una «limpieza de mercado». Pero detrás de esas 22.000 empresas hay familias, hay empleos y hay pueblos del interior que se quedan sin su motor económico.

La Moral vs. La Heladera Cuando el gobierno personaliza el problema en la «maldad» de los empresarios, está desviando la atención de su propia responsabilidad en la gestión de la demanda. Al peronismo le costó el poder no ver la inflación; al actual gobierno le puede costar la paz social no ver el desempleo que genera el cierre masivo de comercios y fábricas.

Conclusión En Multimedios PRISMA lo vemos a diario: el comerciante de barrio no es un «delincuente», es un sobreviviente. Gritar «caiga quien caiga» desde un estrado es fácil; lo difícil es ver cómo cae el vecino que trabajó toda su vida para levantar un negocio que hoy el modelo decide ignorar.

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