ECONOMÍA: DESIERTO PRODUCTIVO: 22.000 EMPRESAS MENOS EN LA ERA DEL SUPERÁVIT
Mientras el Gobierno Nacional celebra el equilibrio de las cuentas públicas, los datos oficiales revelan la otra cara de la moneda: la desaparición sistemática de unidades productivas.
Un informe detalla que desde el inicio de la gestión Milei, miles de empleadores bajaron la persiana, dejando un vacío difícil de llenar en el entramado social.
La frialdad de los números macroeconómicos ha chocado de frente con la realidad de las calles argentinas. Según los últimos registros oficiales de la AFIP y la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, la economía argentina ha perdido casi 22.000 empresas en poco más de dos años de gestión. Este dato no es solo una estadística de «altas y bajas» impositivas; es la crónica de un entramado productivo que se achica día tras día.
El fenómeno afecta principalmente al corazón de la clase media: las Pequeñas y Medianas Empresas (PyMEs). Se estima que el 99% de los cierres corresponden a firmas de hasta 500 empleados, aquellas que no tienen la espalda financiera para resistir la combinación de caída del consumo interno, apertura de importaciones y aumento exponencial de los costos de servicios. Por cada persiana que baja definitivamente, se pierden en promedio entre 10 y 15 puestos de trabajo formales, alimentando un ciclo de incertidumbre que ya se siente en todas las provincias.
Este «desierto» empresarial contrasta con el discurso oficial que prioriza el superávit fiscal por sobre el nivel de actividad. Para el ciudadano de a pie, la pregunta es inevitable: ¿De qué sirve el orden en los papeles del Estado si el barrio se queda sin comercios y las fábricas se convierten en depósitos? La desaparición de 30 empresas por día en promedio marca una velocidad de destrucción que duplica procesos recesivos anteriores.
La crisis no distingue sectores, aunque la industria manufacturera y la construcción lideran las bajas. Mientras en los despachos oficiales se discuten reformas laborales para «incentivar la contratación», la realidad muestra que el problema actual no es solo cómo se contrata, sino quién queda en pie para hacerlo. Sin empresas, no hay empleo; y sin empleo, el tan mentado superávit corre el riesgo de ser solo la contabilidad de una casa vacía.