viernes 13 de febrero de 2026 17:55:48

POLÍTICA: EL ABISMO ENTRE EL DESPACHO Y LA CALLE «UNA CLASE POLÍTICA QUE NO LEE LA REALIDAD»

Por un lado, el frío festejo de las planillas con superávit; por el otro, la inoperancia de una gestión provincial que ofrece migajas. En medio, un ciudadano que trabaja todo el día y observa, estupefacto, cómo quienes deciden su futuro ni siquiera se toman la molestia de leer las leyes que pretenden reformar

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Por J0rge Victorero. La Argentina de hoy parece dividida en dos realidades paralelas que no se cruzan nunca en el supermercado. Desde el Gobierno Nacional se pregona un superávit fiscal como si fuera un fin en sí mismo, un número de oro que justifica cualquier sacrificio. Desde la Provincia de Buenos Aires, el discurso se refugia en la «falta de fondos» para ofrecer aumentos del 3% que, en la práctica, son una burla al poder adquisitivo de docentes, médicos y policías.

Sin embargo, detrás de la grieta ideológica entre libertarios y peronistas, asoma una verdad mucho más cruda: la profunda desconexión de quienes ocupan los cargos públicos. Lo ocurrido en las últimas horas es revelador. Al ser consultados sobre la letra chica de la reforma laboral o judicial, la respuesta de muchos legisladores fue el silencio, la evasiva o, peor aún, la admisión tácita de que ni siquiera habían leído el proyecto.

Es allí donde nace la pregunta angustiante del ciudadano de a pie: ¿Realmente quieren ayudar o solo cuidan el bienestar que les proporciona su lugar en la estructura?

Mientras el trabajador promedio debe ser un experto en economía doméstica para estirar un sueldo que no llega al día 20, quienes cobran sueldos privilegiados para legislar demuestran una negligencia técnica alarmante. No es solo una cuestión de ideología; es una cuestión de respeto. Es difícil creer en la vocación de servicio de un dirigente que vota a ciegas una reforma que cambiará la vida de millones de personas, mientras él mantiene un nivel de vida blindado contra la inflación que el resto padece.

El «superávit» no se come, y el «relato de la resistencia» no paga el alquiler. La gente no sigue a los políticos por sus consignas, sino que a menudo los tolera por falta de alternativas. Ver a un político —sea del color que sea— titubear sobre el contenido de una ley que él mismo debe aprobar es la prueba final de que la política se ha convertido en un ecosistema que se alimenta de sí mismo, lejos del barro y de las necesidades de la clase media.

Si la reforma laboral es el camino o si el ajuste es la solución es un debate válido. Lo que es inaceptable es que ese debate se dé en la ignorancia y el desinterés de quienes tienen la responsabilidad de conducir. Al final del día, el bienestar del dirigente parece ser lo único que está garantizado, mientras la gente sigue trabajando todo el día esperando una ayuda que, a la luz de los hechos, parece no estar en la agenda real de nadie.MULTIMEDIOS PRISMA.