POLÍTICA: EL COSTO HUMANO DETRÁS DE LAS CIFRAS. «22 MIL PERSINAS BAJADAS ¿HACIA QUÉ MODELO DE NACIÓN CAMINAMOS?
El reciente informe sobre el cierre masivo de empresas en Argentina abre un debate impostergable: ¿es posible alcanzar la estabilidad económica sacrificando el corazón del empleo formal y la producción nacional?
Las estadísticas recientes que publicó la Superintendencia de Riesgos del Trabajo (SRT), han dejado de ser meras proyecciones para transformarse en una realidad dolorosa: casi 22.000 empresas han cerrado sus puertas en Argentina en los últimos dos años. Según datos oficiales, este proceso ha significado la pérdida de más de 290.000 puestos de trabajo registrados, afectando principalmente a sectores estratégicos como la construcción y la industria manufacturera.
Este fenómeno no es un hecho aislado, sino la consecuencia de un modelo que prioriza el equilibrio fiscal y la apertura comercial irrestricta. Bajo esta lógica, la competencia global se impone como el único juez de la eficiencia. Sin embargo, detrás de cada persiana que baja, hay una historia de décadas de inversión y familias que quedan a la deriva. Sectores históricos, como el neumático, el textil y el calzado, hoy enfrentan una «glaciación productiva» donde el producto importado reemplaza al trabajo local, impulsado por una apertura que muchos consideran asimétrica.
El debate de fondo que hoy atraviesa a la sociedad argentina es de carácter existencial. Por un lado, una visión que sostiene que el mercado debe depurar los sectores no competitivos para lograr una economía más eficiente. Por el otro, una perspectiva que entiende que sin producción nacional no hay soberanía real. Un país que se convierte únicamente en un exportador de materias primas y un importador de bienes terminados corre el riesgo de desmantelar su clase media y su tejido social.
La historia enseña que las naciones que lograron el desarrollo no lo hicieron únicamente con planillas de Excel equilibradas, sino protegiendo su capacidad de crear y fabricar. Hoy, Argentina se encuentra en una encrucijada: ¿podremos reconstruir nuestra economía sobre los escombros de 22.000 empresas, o es momento de replantear un modelo que combine la disciplina fiscal con un escudo protector para la industria nacional?
El 1 de marzo será una oportunidad para observar si el rumbo se ratifica o si aparece una sensibilidad diferente ante una realidad que ya no se puede ocultar bajo el discurso de la libertad de mercado: la realidad de las fábricas vacías.