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POLITICA: Lo público y lo privado: una frágil divisoria de aguas

Publicación: 24/07/2011

El proyecto de ley de la diputada francesa Valérie Boyer, perteneciente al partido del presidente Nicolás Sarkozy, tendiente a regular las exhibiciones de imágenes de políticos que han sufrido retoques o alteraciones, ha suscitado una serie de cuestionamientos dividiendo opiniones. El punto álgido es el abuso en la utilización del PhotoShop para muchos políticos al momento […]

El proyecto de ley de la diputada francesa Valérie Boyer, perteneciente al partido del presidente Nicolás Sarkozy, tendiente a regular las exhibiciones de imágenes de políticos que han sufrido retoques o alteraciones, ha suscitado una serie de cuestionamientos dividiendo opiniones.

El punto álgido es el abuso en la utilización del PhotoShop para muchos políticos al momento de hacer campañas gráficas.

Hoy, la estética se ha filtrado con éxito en todas las esferas de la vida cotidiana y, los políticos, no resultan exentos. Sin embargo, el principal objeto de crítica es la ausencia de transparencia para los ciudadanos que reciben una imagen alterada distinta a la actual de manera inconsulta.

Esta suerte de estafa moral, avasalla los derechos de los ciudadanos al acceso de una información veraz y transparente, certera respecto a quién tienen delante de ellos como representante de sus ideas. El electorado se torna en rehén de una fragante mentira pasando a su vez del estadio de ciudadano al de consumidor. El elector en tanto mercancía apetecible, se vende como tal, en un sistema de mercado que ha desnaturalizado las reglas de la política. Esa mercancía, a la vez objeto fetiche del sistema en que todos están cautivos, debe ser presentada lo “más decorosa” posible. Eso incluye mutar la imagen del candidato.

Si bien puede alegarse que el consumo de la estética nos incumbe a todos, existe una diferencia entre las acciones privadas y las públicas. Quien se candidatea, está dispuesto a pagar el precio de resignar parte de su privacidad a la exposición continua. Allí es por donde corre el pequeño espacio que separa la liberalidad en dar cuenta de las acciones individuales y la obligatoriedad de publicitarlas. Esto incluye el fraude por exhibir una figura que no condice con la actual. ¿Cuál es el grado de legitimidad discursiva y propositiva de quien sostiene con palabras aquello que desde lo visual desnuda inconsistencia por ausencia de identidad imagen-persona?

Para Néstor García Canclini, “la ropa, además de proteger, presenta la imagen que deseamos dar, comunica pertenencia y aspiraciones.” Hoy, la estética determina qué presentar y cómo hacerlo. El candidato-modelo se convierte así en manekin perfecto, un ejemplo a imitar y por ende a votar.

¿Cuánto puede durar el momento de frágil encanto fingido? Un soplo subrepticio que equivale a la extensión del acto proselitista. Pero aquí no hay buenos ni malos. Como en todo pacto, se precisa del acuerdo de, al menos, dos partes. La entrega de un voto es el sello de un compromiso cívico y no resulta valedero esgrimir un velo que impide la libre elección, siempre que las instancias de transparencia y veracidad en la información estén garantidas.

Vivimos tiempos de campañas carentes de contenidos y llenas de imágenes. Se consume el banal marketing político y no propuestas.

El electorado se mueve en construcciones, relaciones no naturales sino naturalizadas. Según Pierre Bourdieu, en la realidad social concebida como conjunto de relaciones invisibles, interactúan poderes o capitales del tipo económico, cultural y simbólico y social. El capital simbólico da cuenta del poder de nominar, dar nombre a las cosas. Se trata de la capacidad de construir al otro. Es en este sentido, en que una campaña mediática tiende a construir una imagen y ofrecerla ávida de ser consumida.

Establecer una distancia crítica entre lo vendible y lo genuino es el real desafío. El electorado debe rehusarse a considerar como “lo dado” aquello que se le representa in mente e ingresa por la mirada. El cuestionamiento crítico hará caer las vendas aun de quienes esperan que la ciudadanía siga consumiendo apariencias físicas falaces.

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